U2: La petit revolución
Lunes, 02 de Noviembre de 2009 15:12    PDF Imprimir E-mail
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¿Puede un solo recital dar vuelta como una media la historia de los conciertos, subvertir la manera en la que la música se expone social y masivamente, mostrar las cosas de una forma tan diferente que todos inevitablemente hablen de un antes y un después con solo pensar en ese concierto?

Sí, puede. Ha sucedido. Pero nunca tanto…

Piensen en Woodstock o –más acá- en B.A.rock, lo que esos festivales representaron dentro de la cultura global del siglo pasado, lo que aportaron a la construcción de identidad generacional, lo que han dejado como huella ineludible en todas esas personas que pertenecen a una franja etárea determinada que cita y cita todo el tiempo esos recitales como si fueran verdaderos mojones de lo que se pensaba y se sentía por esos días.

 
Pero eso no es taaaan revolucionario. Y hoy por hoy menos, eso no puede ser todo, no alcanza, no es suficiente. Vivimos días en los que los festivales no aportan nada más allá de un par de horas de esparcimiento a unas decenas de miles que van a los estadios a ver a sus favoritos, los colma por un rato a ellos y posteriormente a un puñado de personas que exponencialmente verán fragmentos de esos festivales en sus casas a través del youtube o cualquier servicio de broadcast en la Internet. Este ejercicio mecánico, que se ha convertido en una ceremonia habitual y casi inofensiva, es una suerte de “más de lo mismo” y muy poco deja más allá del instante de placer.

Aquí dispararíamos una nueva pregunta: ¿Está el rock llamado a intentar algo
más que eso?... pues sí, debería, ya que en su génesis misma el rock se autoproclamó grito de rebeldía. No estaría nada mal, ¿no? En este plan y bajo este análisis es donde la realidad que vive desde hace muchos años el rock hace que los caminos se bifurquen.
 
Por un lado tenemos un rock bien mainstream, que puede o no ser bueno y creativo (imaginen que en este segmento puede haber una banda prefabricada como Tokio Hotel o una inigualablemente creativa como Radiohead, solo por mencionar dos bien distintas en un universo posible de cientos de nombres internacionales y nacionales), un rock de festival o mega-concierto en estadios que abona a pleno esta teoría del entretenimiento coyuntural y pasatista. Por otro lado tenemos a las bandas que se mueven por debajo, las independientes, las que construyen una identidad generacional desde los pubs y los pequeños clubes. De éstas también hay buenas y malas, eh, ojito...

Hay una tercera posición (que peronista que quedó eso, ¡¡casi de Bombita Rodríguez, jiji!!), pero no ha alcanzado los niveles de masividad impuestos por las mega empresas productoras de espectáculos y las compañías discográficas. Lo tenés a Manu Chao, por ejemplo, tocando dos días antes del encuentro a la Darth Vader que hizo el G8 en Génova en 2001, o a Henry Rollins agitando manifiestos políticos y filosóficos por TV en cuanto canal lo acepte (por lo general a los meses lo terminan echando…), o –más acá otra vez- a Attaque 77, Todos tus Muertos y Las Manos de Filippi cerrando el año con un festival en el emblemático playón de Fasinpat, la fábrica sin patrones (eso sucederá en unos días aquí en Neuquén).

Ahora: ¿hubo, hay o habrá una manera de juntar los mundos posibles del rock y que como resultante surja un evento global, uno que cambie el enfoque y ponga las cosas en otro eje que escape al arquetípico “es-masivo-e-inocuo-o-es-under-con-contenidos”?. La pregunta parece larga, ¿no? pero bien vale la pena hacerla.

U2 lo logró hace una semana en el Rose Bowl de California. Y no solo eso, sino que, de paso, puso patas para arriba varios de los cánones cerrados de la comunicación global.
 
 
El recital de la araña gigante

Muchísimo se ha hablado en estos días en boletines de espectáculos de la televisión mundial sobre lo gigante que es la araña que U2 ha montado en el centro de los estadios del planeta en los que han tocado. También se ha hablado bastante sobre la pantalla de video de 360 grados, los gigantescos escenarios concéntricos y los puentes colgantes que los unen. La tecnología es una atractiva estrella por estos días, de eso no quedan dudas. Pero toda esta perorata no es mas que una magnificación a gran escala de cualquiera de las conversaciones baladíes que se puedan tener en una reunión de amigos con respecto a qué celular hemos podido comprar en las últimas semanas. No es un comentario despectivo, de hecho la banda invirtió mucho tiempo creativo y una cantidad importante de dinero en poner en escena algo que realmente impacte, no en vano en un principio quisieron llamar al tour “Kiss the future”, un nombre un pelín pretencioso que daba cuenta de lo impactante de la puesta pero que también podía poner en el candelero nuevamente las acusaciones de “pedantes con actitudes mesiánicas” que de ve en cuando se dejan caer sobre la banda irlandesa y más específicamente sobre su cantante. Pero en un punto hay que separar la paja del trigo y reconocer que con un circo, por mas bello que éste sea (y el de “360” es realmente fascinante) no alcanza para cambiar el rumbo de las cosas.

Tal vez U2 sabía algo de esto. Ellos fueron los que cantaron “Satellite of Love” vía satélite con Lou Reed en vivo a miles de kilómetros de distancia unos del otro abrazando el existencial mito de la soledad en la era de la comunicación, los mismos que llamaron por teléfono a Bill Clinton en medio de un show para decirle que no les gustaba como estaba manejando las cosas, los mismos que llevaron adelante un exótico canal de TV en vivo (el ZOO-TV) en el que los metamensajes bombardeaban las mentes de la juventud del planeta en cada concierto que brindaban. Esos “chicos millonarios jugando con juguetes caros” (como autodefinió Edge a la banda hace casi quince años) son los que –quizás- eran concientes de que con una araña gigante, una pantalla de 360°, escenarios concéntricos y puentes colgantes no alcanzaba para “kissear el fiuchur”.

Aquí es donde entra en juego la otra movida que efectuaron. Esa sí fue una petit revolución.
 
 
Feliz Domingo Planetario

Eran las doce de la noche del domingo y al menos una decena de amigos del “feibu” (algunos amigos, otros “solo amigos del feibu”) estaban como locos posteando cosas sobre la previa del concierto transmitido para varios países del planeta a través de un canal exclusivo de youtube. Había mucho revuelo, la cosa parecía grosa. Por primera vez en la historia de la World Wide Web iban a transmitir un acontecimiento así de convocante y con tal calidad técnica absolutamente gratis. El detalle no es menor, en una era en la que todo se sponsorea y se convierte en premium, en una época donde el pay per view es como el sagrado camino al éxito, una de las bandas más populares del planeta decide crear los lazos empresariales necesarios como para entrar a la misma hora a millones de hogares del planeta de manera gratuita y en vivo, desandando el camino de la exclusividad exageradamente cara del pago de un ticket para ser exclusisisisivísimo espectador, evadiendo el camino de la piratería (ya que verlo y bajarlo fue totalmente legal desde el minuto cero), destrozando el camino de la ansiedad fetichista por que salga el dvd, quitándole la posibilidad a las cadenas de tv satelital de tener la exclusividad a la que tenés que suscribirte previa paga suculenta.
 
Y el adiós a las restricciones habituales que el mercado tiene preparadas para que todos sus productos (los rockeros son los preferidos para estos negociados infames) es solo la punta del ovillo que trajo U2 hasta el tablero de juego.
 
Hay que bajar un decibelio sobre las cifras exitistas y analizar detenidamente el otro lado de esto que pasó hace un domingo, allí está el fenómeno que la prensa mundial ha titulado como "el record que U2 rompió en Internet", que es mas grande todavía que ese dato: es el record que U2 rompe en las comunicaciones. Y no se trata solamente de cifras de audiencia, porque esas fluctúan salvajemente. Las primeras mediciones arrojaron que la 1/15 parte de la humanidad estaba viendo ese concierto, porque se contaron todos los impactos de los usuarios que trataron de entrar como impactos de diferentes usuarios (a este cronista, por ejemplo, le llevó alrededor de 20 intentos poder enganchar, por cuanto se lo contó como 20 personas). Depurado este número la cifra en sí todavía es genial. A eso hay que sumarle la cantidad de gente que está viendo la retransmisión gratis (al cierre de esta nota un millón y medio de personas). Para algunos el “contenido ideológico” estuvo bien cubierto con las alusiones a la sacrificada gesta de Aung San Suu Kyi, con los gritos de “¡Viva México!” que Bono les escupió en la cara a los vaqueros de California durante todo el concierto y con la mención en contra de la usura financiera al tercer muindo. Para otros eso será poco y hasta medio burguesillo. Ustedes saben que las opiniones suelen estar divididas para todo.
 

Lo concreto es que lo que se vivió el domingo pasado fue la comprobación empírica de que es posible transmitir un mismo mensaje a millones y millones de personas al unísono y de manera gratuita, sin que gravite la necesidad del derecho a espectáculo, que en términos de comunicación -y no de negocio empresarial- es lo mismo que decir “sin que se te cercene el derecho a la información, a conocer, a saber, a ser parte de”. Es algo grande, pero es sólo el comienzo. Apartemos la vista del fanatismo adolescente por la banda, de la estadística impactante que tanto le gusta a los medios, de la melaza tecnificista de la puesta en escena, de la tentación de descubrir a los U2 como pioneros y solo pontificar este concierto como “el primero y el que vale”. Vamos directamente a lo que se dispara: comunicación global posible; vamos a todo lo que puede venir después de esto: una bola de cosas que pueden concatenarse tras la transmisión masiva y gratuita en Internet de un simple concierto de rock; vamos a la metabúsqueda de datos que deja, por ejemplo, que una banda de rock hable de la encarcelada rangunesa Suu Kyi: los foros que se visitarán, las opiniones que se vertirán sobre el valor o no de la lucha política pacifista; vamos a esa cadena de conocimiento imparable. Vamos a eso: a la nueva manera de comunicarnos al unísono.

Pensemos en ese futuro, porque a este futuro sí que dan ganas de “kissearlo”, sobre todo antes de que los malos hagan todo lo que esté a su alcance para tomarlo para sí.

Por Fernando Barraza