Más respeto: apuntes sobre la escena rosarina
Miércoles, 10 de Agosto de 2011 02:01    PDF Imprimir E-mail
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Esta es la historia de un viaje más o menos extenso. Dos semanas en una ciudad alcanzan como para darse varias vueltas y preguntar mucho.  Lo que yo quería saber es por qué en Rosario hay tanta movida cultural en comparación con otras ciudades como Córdoba, Mendoza, La Plata, Tucumán o Mar del Plata.

Ya caducó eso de la cercanía con Buenos Aires como parámetro para medir recaudaciones, ventas de discos, proyección de los artistas a nivel nacional, apoyo y probabilidades de crecimiento a corto o mediano plazo.

Así es como salí a caminar un montón. En medio de las tareas por las que tenía que viajar me hice el tiempo, bastante tiempo, para charlar con gente del ambiente musical. Pasé por radios, por bares, por negocios, charlé con aquellos que me podían ayudar a entender un poco. El punto en común para todos era la palabra RESPETO. Así de sencillo.

 "Nosotros tocamos desde hace quince años", me dice un músico canoso afuera de la Rock and Pop de Rosario. "Y hace unos cinco o seis años la movida dio un giro de 180 grados. Es como si hubieran dado vuelta el omelette y la gente empezó a darnos pelota. Fue de golpe". Eso mismo me dijo un neuquino, Javier, que toca el bajo en la banda Fluido (acá su último video para que los conozcas): "Fue como si se alinearan los planetas. Encontramos una manera para hacer funcionar las cosas: nos organizamos. Y una vez que la gente te empezó a apoyar, empezaron a aprenderse tus canciones, el movimiento de bandas se asentó en lo que es hoy". En principio, por lo que cuentan, suena como si algo milagroso hubiera ocurrido. Tendré que seguir averiguando.

Las bandas más convocantes del rock rosarino (Cielo Razzo, Los Vándalos, Vudú y Fluido) meten entre 2.000 y 1.200 personas por show. Algunos grupos tienen incluso estrategias para "no tocar tan seguido" y así generar más expectativa. Dos casos testigo: Vudú organizó la semana pasada un show acústico en un salón "pequeño" (400 espectadores) y lo anunció a través de un par de portales de Internet, nada más. Al mismo tiempo Cielo Razzo pegaba miles de afiches anticipando que tocaban en doble fecha, pero sin decir en dónde. En los dos casos fue un éxito. Vudú hizo un show impecable que tuve la suerte de presenciar cerveza en mano. Cielo Razzo vendió cerca de mil entradas avisando horas antes. El resto se lo perdió y lo verá por Youtube o pagará en otra ocasión los 50 pesos que cobra la mayoría de las bandas rosarinas como valor promedio de sus entradas.

El mismo día tocaba Cambá, tal vez la banda más resonante del reggae de la ciudad, para otras mil personas en Willie Dixon, el histórico bar que tuvo Pappo en la ciudad de las plazas. Eso no pasa en Córdoba, tampoco pasa en Mendoza y tal vez suceda una semana al año en La Plata: miles de personas siguiendo a las bandas de ahí.

Sigo caminando, me encuentro con otro músico. Lo que me cuenta está bueno y no pienso quemarlo en público. "Nosotros tocamos una o dos veces al año para la Municipalidad. Antes lo hacíamos más seguido y nos resultaba perjudicial hacer shows gratis porque la gente se acostumbra eso y después no te paga la entrada de tu recital. Ahora es más puntual. El otro día la Municipalidad nos pagó 15 mil pesos por la presentación en un lugar enorme para muchísima gente. Para ellos no es nada, imaginate que le pagan 100 mil pesos a Vicentico o más a Babasónicos o a un cantante de folklore de esos que están en Cosquín. Y no renegamos de ellos porque son artistas y se valoran de esa manera. Lo que decidimos de un día para el otro es que tiene que haber un piso de 500 o 1000 pesos que le tienen que cobrar las bandas nuevas a la Municipalidad para tocar sus primeras veces. Nos organizamos de tal manera que nos pedimos mutuamente que todos los músicos mantengan ese piso como caché. Y si alguno no lo respeta está de alguna manera desvalorizando lo de acá ".

Entonces otros colegas periodistas que saben del tema me agregan otras sumas, cuentan con los dedos los miles y miles de pesos. Números inimaginados para el arte local por un Municipio neuquino que debe tener un promedio de gastos anuales de dos o tres millones de pesos para todo lo relacionado a Cultura. Y seguramente cualquier Gobierno de acá debe pagar la misma fortuna para que toque Vicentico o Gieco o Fito Páez o Bruno Gelber o Di Blasio.

Para cerrar el círculo, la Municipalidad de Rosario tiene su propio sello musical en donde los grupos más diversos pueden editar sus primeros discos. Esos álbums son exhibidos en un local en plena peatonal Córdoba, la calle más importante de la ciudad. El fin es poder tener un demo o primer disco digno. "Después hacés la tuya, no sos esclavo del Municipio. Ellos te ofrecen absolutamente todo: lugares, afiches y espacios para pegarlos, te editan los discos. Vos tenés que crecer, aprender a despegarte de eso y hacer tu camino o simplemente ignorarlos y crecer desde cero", comenta un cantautor entre mate y mate.

Lo que me explican después también es interesante porque empezamos a hablar de los privados. Ariel trabaja en una especie de sello folk que editó varios discos del género y ahora presenta como padrino al proyecto Cursi y Melancólico, que además de tener un nombre grotesco suena bastante bien. "Acá las nuevas marcas de ropa rosarina, a las que les va muy bien, se les hizo costumbre organizar eventos anuales en donde invitan a bandas locales, skaters, grafitteros. Son eventos para diez mil personas en los que ellos se promocionan y nosotros nos hacemos escuchar. Obvio que nada es gratis". Eso es exactamente lo mismo que me cuenta Javier. Hay muchas coincidencias entre las declaraciones que fui consiguiendo en el camino.

Otro testimonio en la tanda comercial de una emisora del palo: "Las bandas rosarinas se están negando a ser bandas soporte. Buscamos ahora que las mismas bandas nacionales nos llamen para estar con ellos. Hay una preferencia a morir en la tuya que hacer como hizo La Mancha de Rolando, que abre el Quilmes Rock y después hace un video con River lleno de fanáticos de Los Piojos. Acá sabemos que si por nuestra cuenta logramos juntar mil personas estamos cerca de vivir de esto. Y si vamos a Buenos Aires es más efectivo ir solos a tocar para cincuenta que ser teloneros de Carajo o de Dread Mar I". Las frases conectadas apuntan a organizarse, ayudarse y sostenerse. "Sabemos que si dormimos en Rosario, si este mes no hacemos nada para que la gente sepa que estamos vivos, aparece otra banda que suena de puta madre y nos saca el lugar con todas las de la ley. O te movés o perdés", me aclara Javier en un bar.

Entonces hay una sana competencia y una admiración mutua por lo que hacen las bandas de la vuelta de la esquina. "Hace unos años los chicos de Los Sucesores de la Bestia (aclaro yo, una banda súper friki que tiene cosas geniales y otras deplorables para mi gusto) decidió hacer su propio sindicato de músicos. Y así de a poco aparecieron otras agrupaciones de artistas organizados". Se ponen de acuerdo, compran sonidos para compartir y se ayudan en cuestiones como la logística para seguridad, iluminación, grabación o la edición de discos.

¿Más particularidades? Hay un montón. Los lugares están todos "habilitables" y siempre que haya seguridad hay permisos e incluso ayuda de la Municipalidad. Mientras estuve viendo a Vudú en la Alianza Francesa no hubo absolutamente nadie chapeando y pidiendo autorización, o midiendo los decibeles con cara de Charles Bronson.

¿Querés más? Las bandas lograron tener pequeños contratos de exclusividad con las casas de ropa. Fluido se cambió de marca hace poco porque había más dinero. Lo mismo suele pasar con Cielo Razzo o esa orquesta impresionante que se llama Rosario Smowing y que mete multitudes tocando... swing y jazz!

Entonces hablamos de una escena que está a años luz de las demás. A eso le tenemos que agregar las excelentísimas academias de música y otras artes que tiene la ciudad, y la comunión que hay con otras disciplinas que de a poco se suman a las propuestas: fotógrafos que pueden vivir de hacer sesiones de artistas, realizadores audiovisuales que consiguen apoyo para exponer lo que hacen afuera y, principalmente, muchos lugares. Hay galerías de arte y espacios abiertos y cerrados para 200, 500, 1000 o 3000 espectadores. También hay grandes teatros (el flamante Metropolitano, que se arma y desarma a gusto de los artistas midiendo capacidades y comodidades) y el estadio cubierto de Newell's, que es hasta donde llegó a tocar Cielo Razzo hace unos años.

En resumen me encontré con un lugar en el que los artistas son respetados y se hacen respetar. Un lugar en el que un Gobierno cumple su papel de gestor y difusor y deja para otros la función de policía. Un lugar en el que hay canales de difusión y mucho dinero invertido en la música como una forma de llegar a la juventud ya sea con un mensaje o un producto. Después las bandas como Los Vándalos se encargan de pisotear los estudios de mercado e imponer sus mensajes. “¡Ninja, te pago lo que sea para que vuelvas a juntar a El Vagón!”, le grita un gordo encuerado desde lejos al ex cantante de esa mítica banda rosarina. “¡No seas pelotudo que somos un montón los que los seguimos!”

Un poco de eso se trata, y otro poco de saber que los artistas han construido una escena prolífica, llena de talentos y errores que están corrigiendo en la marcha. A la distancia, acá en el oasis que es el Alto Valle, brindo por eso.

 

Texto: Nicolás Bustamante