Bicho Bolita: Parió la gata (Éramos pocos)
Jueves, 13 de Enero de 2011 12:03    PDF Imprimir E-mail
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Definir al rock neuquino bajo una idiosincrasia particular, con rasgos definidos, notorios, y determinantes, sería un enorme desafío para aquel que, bajo teorías musicales, estructuras armónicas, árboles genealógicos que busquen integrantes comunes y génesis de grupos según pasan los años, se anime a encararlo. No sólo significaría un laburo quemapestañas, sino que además carecería de un sentido práctico. Ocuparía adornadas páginas en quién sabe qué medios, pero la comprobación de la teoría madre llevaría al delirio continuo, y a las discusiones de cerveza loopeadas al punto de partida original.

Ahorremos tiempo, evitemos definiciones. Esquivemos casilleros y disfrutemos del arte. Todo lo que se diga del rock neuquino, en algún punto podrá atravesar a la obra de Bicho Bolita. Cualquier particularidad desmenuzada en una enorme coctelera de sonidos, ruidos, notas, rugidos y palabras, se arrimará a lo que nos tiene acostumbrados este artista polifacético. Bicho es capaz de arrancarse los ojos en un grito rabioso, con las venas del cuello al borde de la explosión, pero no puede dejar de lado la timidez al mirar al público a la hora de agradecer el aplauso, y casi sufrir esa devolución amistosa. Es así, es sencillo. De entrada parece gracioso, pero escribe con seriedad, y ejecuta con furia y con pasión.

Sobre diciembre de 2010 llegó a manos de esta redacción un compact sin caja, con un gato blanco en la tapa. El michi pone cara de bueno, y se lo nota cachorrón. Tiene en su frente incrustado un disco, en cuyo centro se lee “BB&PG”. Atrás está la Torre Eiffel, en un anaranjado atardecer (o tal vez amanecer) parisino, con dos platos voladores surcando el cielo y dejando la leyenda “Una Lobotomía Frontal”. Así se llama el material, y está caliente. Bicho Bolita y Los París Gatitos debutan para compacteras, después de varios shows, y bajo todos los conceptos que encarna una sola persona, que escribe, compone, dibuja, canta, y toca la viola.

Son solamente veintiocho minutos con cincuenta y seis segundos, divididos en siete episodios prácticamente equitativos. Se hace corto, pero no por ser breve, sino porque te lleva como una correntada del Limay desde el Gatica al Biguá, flotando en músicas y sin mojarte. Arranca bastante británico, con el espíritu indie que Ricardo supo moldear probablemente en sus años platenses, y con la honestidad ardiente que asume en su poesía. “Todos están muertos, al menos para mi” canta a modo de confesión seguramente autorreferencial, y remata “con el tiempo fui aprendiendo a desnudar mi corazón”. La canción abre el disco, es la carta de presentación. Como no puede ser de otra manera “Luis” finaliza con un grito desgarrador que le gana a la distorsión de las guitarras, y te para los pelos del brazo.
 

Luego viene el tema que factiblemente defina al Bicho mejor que la Wikipedia: “Tengo el ojo chueco, un poco retorcido para ver la realidad”. Contundente. Impecable. Aparecen solos de viola, y vuelven los gritos aterradores que instrumentan aún más la cosa, sobre los acordes de Mauri, Tute, Mushu, Tonga, Laureana, y Exe, que le dan forma y vida a los París Gatitos, y que ya en el segundo tema justifican el estar ahí. La banda suena tremendamente compacta y firme, garpa por todos lados y cada cual se luce en su momento preciso.

“Una lobotomía frontal” baja dos cambios juntos para llegar al “Paisaje”, con aires de bossa nova que se transforma en psicodelia, y plantea el existencialismo de la composición lírica (“Dame luz y fantasía, quiero verte siempre así”) y el clima sonoro que da para llorar o pegarle una patada a un desconocido y salir corriendo. Ingresa la voz femenina aportando dulzura, para luego volver a explotar con la irrupción de la fuerza.

A partir de ahí nada es igual. El oído ya se adaptó a los vaivenes, y casi da igual el post grounge de “Cadáver” (“Me siento un poco enfermo mirando mi propia cara de este lado del espejo gris”), a los sabores floydeanos de “Gota de Mar” con la (de vuelta) psicodelia tan bien aprehendida que asusta. Es la perla del disco, la canción deliciosa, la que podría envidiar Germán Daffunchio, o al menos desear haber escrito. Lisérgica pero optimista, oscura y preciosa, casi orquestal y con los París Gatitos en la cresta de la ola.

“Los ojos del perro” pone primera con un poema leído a dos voces, persiguiéndose sin alcanzarse. Imposible no recordar a “Green Eyes”, esa mágica manera de cerrar “The Boatman´s Call” que eligió Nick Cave junto a sus Bad Seeds para que nunca podamos olvidarlo. “Los ojos del perro me dicen que sí” asegura el Bicho, y nada más importa. Creámosle, el loco tiene razón.

Para completar el viaje, sin peaje y por una ruta placentera, un rockito por momentos ska, porrero y festivo. Seguramente desde cualquier criterio “Agujero” sea lo más flojito de “Una lobotomía…” pero es la dosis de sonrisa y baile que hasta acá no había dicho presente.

No llega a media hora, insito, pero te arranca de la quietud y te pasea por estados de ánimo que seguramente hace tiempo no sentías. Es serio, irónico y siempre ácido. Así escribe Bicho Bolita. Así parece que tocan los París Gatitos. Salió en diciembre pero tomamos un mes para masticarlo. Se consigue en los shows, y seguramente en alguna disquería local.

Bicho Bolita lo hizo de nuevo. Su lúcido escepticismo se fortalece con el virtuosismo de su pluma. Toda la facilidad de transmitir sentimientos en palabras ningunea por completo la imposibilidad de afinar en el canto. Sus alaridos conmueven, sus letras raspan, duelen, llegan. Su presente es éste. Su arte merece oído y reflexión. Quizás mañana sea igual, quizás ya no haya mañana. Hoy es esto: el mejor momento de su cancionero, y por suerte camina las mismas calles que vos.

Por Sebastián Valero