Kusturica en Neuquén: El circo balcánico
Miércoles, 17 de Febrero de 2010 23:12    PDF Imprimir E-mail
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Una señora paqueta, con su saquito tejido y el collar artesanal de plata tallada, su coqueto pelo rubio peinado con brashing, que podría ser tu mamá, tu tía, tu abuela o tu psicóloga, bailaba como loca y soltaba tímidos gritos de júbilo, agudos y sinceros, que se apoderaban de su pequeño cuerpo en un éxtasis envidiable. Al lado de ella estaba un pibe alto, de rulos, con la camisa a cuadros, mirando quieto y tranquilo con su porro entre los dedos, el circo balcánico que desplegó Emir Kusturica y su excéntrica banda, The No Smoking Orchestra sobre el escenario de Bloke.

Los serbo-croatas generaron un estado de excitación tan disímil y profundo entre su público -tan ecléctico como ellos- que convirtió la noche del martes en una fiesta pagana jamás vista en esta tierra, desierto lejano de las movidas alternativas y sinceras, que sólo puede ver un puñado de conciertos envueltos en el packaging marketinero de las frías producciones con bigotes.
Don Emir fue un amor, viejo con cara de bonachón que tocó su guitarra desde el costado del escenario mientras el esquizofrénico de Dr. Nele Karajilic enloquecía a la multitud que estaba fuera de sí. Afirmo que la mitad de las personas no entendían qué mierda estaba diciendo pero igual gritaban y bailaban como en una celebración gitana de lugares completamente desconocidos para nuestra cultura geográfica.

La Zabranjeno Pusenje (así se llama la banda en croata) fantástico circo lleno de alegría, expulsaban melodías que se adueñaban del cuerpo, acordes que activaban complejos mecanismos faciales que impedían a las dos mil personas que fueron a Bloke dejar de sonreír ni un minuto.
Con las alas abiertas de su disfraz de murciélago azul, Dr. Nele Karajilic entonó temas de las clásicas películas de Kusturica como “Gato Negro, Gato Blanco”, “Underground”, “Tiempo de Gitanos” y “La vida es un milagro”, pero fue la interpretación teatral de cada una de sus canciones y la relación con el público lo que llevó el espectáculo a un nivel de comunión entre los músicos y los neuquinos.

Kusturica y el excéntrico violinista Dejan "El Juez" Saparavalo vestido, no al azar, como el piloto de la banda jugaron con cuerdas gigantes que hacían sonar sus instrumentos. Las chicas se trepaban al escenario para bailar como locas esos ritmos balcánicos que los serbios nos trajeron. Los pasos de bailes de la banda no fumadora no hacían más que exaltar aún más una fiesta que nadie quiso que terminara.

Y allá como a las 23.23, Kusturica saludó mientras la gente pedía más en cualquier idioma que se le ocurriera.
 
Por Romina Zanellato con fotos de Oscar Livera