| Lisandro Aristimuño: La calidez que da la humildad | ||||
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![]() La luz de colores se reflejaba en la visera del sombrero, en la guitarra y en los pliegues del flaco pantalón. Con la luz tenue y la calidez que da la humildad, Lisandro Aristimuño creó un ambiente mágico en el Teatro Español el sábado por la noche. “Mucho viento, muchas canciones, mucha Patagonia”, pronosticó su dulce voz al momento del saludo, pero fue mucho más. El maravilloso engranaje que realiza su mente con las habilidades de su exquisita banda, los Azules Turquesas, dieron como resultado un show excelente que cautivó a la sala llena del Español, que no lo dejaba ir. Aristimuño tocó durante dos horas y media, tal vez fue demasiado largo, pero él lo disfrutó, y casi que no lo pueden bajar del escenario. El público, en su mayoría parejas, -sin olvidar al grupito de porristas que lo amaron con fervor durante todo el show- respondió con emoción y alegría a las atenciones del cantautor autogestionado. El show arrancó con “Es todo lo que tengo y es todo lo que hay”, “Para vestirte hoy”, “ABC” y la dedicada a las Abuelas de Plaza de Mayo: “Green lover”. El sonido fue muy fuerte, como un show rockero, su actitud de sensible la dejó de lado para saltar y bailar por todo el escenario, compenetrado con su música, con el giro más rock que le dio a sus temas, con el sinfín de detalles y arreglos que hacen a sus canciones. Y así, con su dulce voz y su mente brillante, armó una lista de temas que paseó a los espectadores por distintas fotos de viaje, de niñez, de ríos y pájaros, de veranos e inviernos, de viento, mucho viento en su otoño permanente.
Su banda se lució en los coros en “Nada de nada”, donde cada uno cantó un pedacito de canción distinta en simultáneo, con un ritmo maravilloso. La percusión, a cargo de su hermana, Rocío, llevó el coro, el baile y la magia a otro nivel. Carli Arístides tocó el ronroco, la guitarra y sintetizadores, Martín Casado la batería y los coros, Leila Cherro el chello y los coros y Lucas Argomedo en el segundo chelo y bajo. Por Romina Zanellato con fotos de Magadalena Azcazuri
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