| Un neuquino en Rock In Rio | ||||
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Faltaban todavía unos 5 kilómetros para llegar a la puerta del predio del Rock in Rio y ya la calle estaba repleta de gente vestida de negro, a pura hamburguesa y birra. El chofer, cansado de avanzar a paso de hombre, abrió las puertas y nos largó. Era la una de la tarde, y las puertas no abrían hasta las dos. Cuando llegamos al final de la cola, no podíamos ver siquiera dónde terminaba. Los helicópteros de la policía militar volaban bajito sobre la cola que de unos 3 kilómetros de extensión.Claramente no íbamos a hacer la cola desde el final, así que empezamos a avanzar por el costado y llegamos al frente. Estaríamos a 700 metros de cola. A esa altura ya no se podía avanzar más y por la cantidad de gente abrieron las puertas media hora antes de lo establecido. La estampida no se hizo esperar. Los controles parecían dibujados, todos pasaban corriendo y gritando. Incluso los militares hacían los cuernitos metaleros desde el helicóptero. La sensación al entrar al predio fue indescriptible. Las dimensiones y la puesta en escena, abrumadoras. El escenario parece un punto en el horizonte. Lo único que se ve son remeras negras. Todos gritan estupefactos. Todo el espacio es recorrido por veredas de cemento, que rodean sectores de pasto artificial. A la izquierda de la entrada da comienzo la llamada “Calle del Rock”: una vereda de unos 200 metros ambientada al estilo de Nueva Orleans que albergaba locales de comida, merchandising, una pista de música electrónica, un camión de cerveza y un escenario con dos pianos de cola donde interpretarían clásicos del jazz a cuatro manos. El día transcurrió muy tranquilo, demasiado a mi parecer. Si bien la cantidad de gente sorprendía a cada minuto, por momentos te acostumbrás, por momentos no lo podes creer. Sorprendía más el ambiente que había; casi familiar. En toda la tarde, desde las 14 hasta las 20, nunca sentí olor a porro. Eso en un recital es impensable; imagínense en ése recital, por eso quedaba como una sensación rara en la cabeza, nunca me di cuenta conscientemente. Era como si mi cabeza me dijera: “acá hay algo que no cuadra, pero no sé qué”. Minutos antes del arranque de Motörhead, con mi amigo decidimos sentarnos y prender un fasito para entrar en clima. Cuando ya estábamos rescatando el final con un aluminio, mi amigo me dice: “che, esos chabones de adelante nos están mirando mucho y usando el celular”. Mi respuesta iba a ser: “tenés razón, vamos a otro lado”. No llegué a emitir una palabra, que un patova vestido de traje se me acerca y me dice (en portugués, claro): “¿Qué es eso?”. De repente en esos momentos te acordás de los helicópteros y camiones de la policía militar que había en la entrada; de las armas largas que llevaban (Rambo la tenía chica, créanme); de las películas sobre las cárceles brasileras, pero sobre todo de los 3.500 kilómetros que me separaban de mi casa. Después de hacerme el boludo por un rato, no quedó más opción que reconocerle al Señor Patovica que estábamos fumando; pero tranquilos, sin molestar a nadie. No le importó un bledo que estuviésemos tranquilos. Nos indica que nos paremos y empieza a caminar, entonces empezamos a seguirlo (a esa altura estaba clarísimo que nosotros no hablábamos portugués, y que él no hablaba inglés ni español). Mientras caminábamos empezó a hablar; pero la única palabra que entendía era “afuera”. Si bien con un cierto alivio porque esa palabra no era “policía”, pensaba en la entrada de 330 dólares, pensaba que iban a tocar Motörhead, Slipknot y Metallica y no los iba a ver. Mi orgullo se lo tragó la tierra y le rogué de 20 mil formas que no nos sacara. Después de mucho pedir, frenó, y empezó a caminar hacia un costado. Palabras más palabras menos, terminé pagando un puto soborno para quedarme. Cuando estábamos volviendo, con la cabeza 100% revolucionada, empezó Motörhead. Bastaron unas pocas palabras de Lemmy para volver a sentirme bien: “We are Motörhead, we play Rock’n’Roll”. Iluso yo, pensaba que ahora todo iba a mejorar. Mientras tocaron ellos y Slipknot, poco pude disfrutar. Unas seis ó siete veces estuvieron a punto de matarme a trompadas.
Se preguntarán por qué. El público era bastante peculiar. Para moverte entre la gente no tenés que hacerte paso a empujones como acá. Hay que pedir permiso. Sí, si. Leíste bien, permiso. Fueron varios los empujones y las piñas que me comí. Un ejempo: un flaco que me prendía el encendedor en la cara intentando "marcar su espacio personal" según entendí. ![]() Después de algunas imágenes en las pantallas, se prenden las luces y aparecen los cuatro en el escenario; "Creeping Death" no se hizo esperar. Escuchar esos riffs, esas guitarras… te eriza todos los pelos con un frío que te recorre la columna. Y me quedo corto de palabras, si te digo que apenas termina empieza "For Whom the Bell Tolls"…
Texto: Santiago Soto |



Faltaban todavía unos 5 kilómetros para llegar a la puerta del predio del Rock in Rio y ya la calle estaba repleta de gente vestida de negro, a pura hamburguesa y birra. El chofer, cansado de avanzar a paso de hombre, abrió las puertas y nos largó. Era la una de la tarde, y las puertas no abrían hasta las dos. Cuando llegamos al final de la cola, no podíamos ver siquiera dónde terminaba. Los helicópteros de la policía militar volaban bajito sobre la cola que de unos 3 kilómetros de extensión.


