Un neuquino en Rock In Rio
Jueves, 13 de Octubre de 2011 08:11    PDF Imprimir E-mail
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Faltaban todavía unos 5 kilómetros para llegar a la puerta del predio del Rock in Rio y ya la calle estaba repleta de gente vestida de negro, a pura hamburguesa y birra. El chofer, cansado de avanzar a paso de hombre, abrió las puertas y nos largó. Era la una de la tarde, y las puertas no abrían hasta las dos. Cuando llegamos al final de la cola, no podíamos ver siquiera dónde terminaba. Los helicópteros de la policía militar volaban bajito sobre la cola que de unos 3 kilómetros de extensión.

Claramente no íbamos a hacer la cola desde el final, así que empezamos a avanzar por el costado y llegamos al frente. Estaríamos a 700 metros de cola. A esa altura ya no se podía avanzar más y por la cantidad de gente abrieron las puertas media hora antes de lo establecido. La estampida no se hizo esperar. Los controles parecían dibujados, todos pasaban corriendo y gritando. Incluso los militares hacían los cuernitos metaleros desde el helicóptero.

La sensación al entrar al predio fue indescriptible. Las dimensiones y la puesta en escena, abrumadoras. El escenario parece un punto en el horizonte. Lo único que se ve son remeras negras. Todos gritan estupefactos. Todo el espacio es recorrido por veredas de cemento, que rodean sectores de pasto artificial. A la izquierda de la entrada da comienzo la llamada “Calle del Rock”: una vereda de unos 200 metros ambientada al estilo de Nueva Orleans que albergaba locales de comida, merchandising, una pista de música electrónica, un camión de cerveza y un escenario con dos pianos de cola donde interpretarían clásicos del jazz a cuatro manos.

El día transcurrió muy tranquilo, demasiado a mi parecer. Si bien la cantidad de gente sorprendía a cada minuto, por momentos te acostumbrás, por momentos no lo podes creer. Sorprendía más el ambiente que había; casi familiar. En toda la tarde, desde las 14 hasta las 20, nunca sentí olor a porro. Eso en un recital es impensable; imagínense en ése recital, por eso quedaba como una sensación rara en la cabeza, nunca me di cuenta conscientemente. Era como si mi cabeza me dijera: “acá hay algo que no cuadra, pero no sé qué”.

Minutos antes del arranque de Motörhead, con mi amigo decidimos sentarnos y prender un fasito para entrar en clima. Cuando ya estábamos rescatando el final con un aluminio, mi amigo me dice: “che, esos chabones de adelante nos están mirando mucho y usando el celular”. Mi respuesta iba a ser: “tenés razón, vamos a otro lado”. No llegué a emitir una palabra, que un patova vestido de traje se me acerca y me dice (en portugués, claro): “¿Qué es eso?”. De repente en esos momentos te acordás de los helicópteros y camiones de la policía militar que había en la entrada; de las armas largas que llevaban (Rambo la tenía chica, créanme); de las películas sobre las cárceles brasileras, pero sobre todo de los 3.500 kilómetros que me separaban de mi casa.

Después de hacerme el boludo por un rato, no quedó más opción que reconocerle al Señor Patovica que estábamos fumando; pero tranquilos, sin molestar a nadie. No le importó un bledo que estuviésemos tranquilos. Nos indica que nos paremos y empieza a caminar, entonces empezamos a seguirlo (a esa altura estaba clarísimo que nosotros no hablábamos portugués, y que él no hablaba inglés ni español). Mientras caminábamos empezó a hablar; pero la única palabra que entendía era “afuera”. Si bien con un cierto alivio porque esa palabra no era “policía”, pensaba en la entrada de 330 dólares, pensaba que iban a tocar Motörhead, Slipknot y Metallica y no los iba a ver. Mi orgullo se lo tragó la tierra y le rogué de 20 mil formas que no nos sacara. Después de mucho pedir, frenó, y empezó a caminar hacia un costado. Palabras más palabras menos, terminé pagando un puto soborno para quedarme. Cuando estábamos volviendo, con la cabeza 100% revolucionada, empezó Motörhead.

Bastaron unas pocas palabras de Lemmy para volver a sentirme bien: “We are Motörhead, we play Rock’n’Roll”. Iluso yo, pensaba que ahora todo iba a mejorar. Mientras tocaron ellos y Slipknot, poco pude disfrutar. Unas seis ó siete veces estuvieron a punto de matarme a trompadas.

 

Se preguntarán por qué. El público era bastante peculiar. Para moverte entre la gente no tenés que hacerte paso a empujones como acá. Hay que pedir permiso. Sí, si. Leíste bien, permiso. Fueron varios los empujones y las piñas que me comí. Un ejempo: un flaco que me prendía el encendedor en la cara intentando "marcar su espacio personal" según entendí.

No les voy a mentir; mientras Motörhead y Slipknot tocaron la pasé para el orto. Disfruté mucho más cuando ya de vuelta en Buenos Aires vi el reci por Internet. Era como si todos estuvieran pavoneando en ese enorme predio, disputándose el puesto de “el más heavy”. No sólo era conmigo, vi varias peleas entre otros flacos. Todos se peleaban para ver quién era más malo. Pero mientras tocaba Motörhead, y lo tenían a Lemmy (rockero por excelencia) en el escenario, ellos miraban cruzados de brazos. No me malinterpreten, no estaba lejos; estaba a unos 30 o 40 metros. Si tenemos en cuenta las dimensiones del predio estaban prácticamente arriba del escenario.

Cuando terminó Slipknot yo estaba enculadísimo; lo único que quería era alejarme de ahí en busca de cerveza para enfriarme. Cuando arrancó Metallica estaba a unos 20 metros del escenario, pero hacia un costado. Mucho no me importaba. Quería tomar mi cerveza tranquilo, escuchando (triste oración si hablamos de tener a Metallica enfrente).

En este punto por suerte todo cambió. El público no se volvió loco, pero alrededor nuestro saltaban y se formó un círculo a cinco metros que duró todo el reci. Finalmente, estaba en mi salsa. El pogo en el círculo era violento pero respetuoso; piñas para todos lados, pero te levantaban si te caías. Y de Metallica… ¿qué les puedo contar? Es una sensación. Es una experiencia de vida. Con las pifiadas de Hammet y todo, que no fueron ni pocas ni disimuladas; cuando los ves y los escuchás, es como si te estuvieran diciendo: “Hola, somos Metallica. Y todo el mundo me conoce por esto”. Tomá!!!!

Después de algunas imágenes en las pantallas, se prenden las luces y aparecen los cuatro en el escenario; "Creeping Death" no se hizo esperar. Escuchar esos riffs, esas guitarras… te eriza todos los pelos con un frío que te recorre la columna. Y me quedo corto de palabras, si te digo que apenas termina empieza "For Whom the Bell Tolls"…

Después de dos clásicos de nuestro amado rock, ya tenían al público metido en el bolsillo. Entonces empezó el show. Después de un breve solo de Hammet, empiezan las llamaradas y explosiones características de Fuel. Este tema es para escuchar en el auto viajando y creyendo que vas a 450 km/h.

Podría describir todo el recital de esta forma; pasan de un clásico al otro. Algunos harán la salvedad de los temas del último disco; déjenme decirles que son una cátedra de metal. Yo esa salvedad la haría con los temas del disco "St. Anger"; pero Hetfield y compañía me deben haber escuchado cuando vinieron a Argentina; no tocaron ni un tema de ese disco. Para ser más preciso, fue el único disco por el que no pasaron. Qué alegría.

Cada detalle es imperdible; pero hubo algo que no puedo dejar de compartir. Probablemente la importancia tenga más que ver con mi historia personal con Metallica, a quien descubrí hace unos 12 años en Brasil, cuando era un púber en pleno descubrimiento del mundo metalero. En un local de música, a mis 14 años, hice la mejor compra de discos de mi vida. Como me gustó la tapa, me compré el primer disco de Iron Maiden. Primer descubrimiento. Quise escuchar el primer disco de Black Sabbath, pero en el local me dieron muy poco tiempo y lo único que escuché fue el ruido de tormenta que precede a su tema homónimo. No lo pensé, me compré el disco. Segundo descubrimiento. Yo no conocía nada, pero mi viejo me convenció de comprar “Machine Head” de Deep Purple. Tercer descubrimiento. Por último, había un disco de una banda que obviamente conocía de nombre, pero nada más. Se llamaba Master of Puppets. Y si bien con sólo escuchar Battery ya me consideraba un fan de Metallica, Orion tuvo un efecto muy fuerte en mí. Todo esto es para tratar de explicarles lo que sentí cuando empezaron a tocar este tema.

Metallica es eso. Emoción pura. Cada uno de nosotros tuvo una historia diferente en cómo conoció a esta banda. Los discos que nos cambiaron la forma de entender la música fueron distintos. Y las últimas composiciones de la banda pueden parecerles pobres a muchos. Pero cuando Metallica toca en frente tuyo el tiempo se diluye. Te transportás a ese momento en tu cuarto adolescente, con los auriculares, escuchando ese disco; alucinado, perplejo, deslumbrado, hipnotizado, confundido, seducido.

Ya de vuelta en Buenos Aires leí que tocaron más de dos horas. Para mí fueron cinco minutos. Para mí fue una vida.

 

Texto: Santiago Soto