Volva, Thenia, Acustic, Volva, Thenia, Acustic
Martes, 09 de Agosto de 2011 10:40    PDF Imprimir E-mail
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Ah, sábado cero horas, el encanto de la noche de Neuquén capital. La ciudad brilla por efecto de la ceniza y del frío que debe andar por debajo del cero a la izquierda. Ni siquiera vuelan cardos y sólo los hijos de los poderosos pasean en autos que ni siquiera sé que se vendan y no respetan los semáforos. Lo extraño es que no corre viento. Pero la ceniza caída del Cordón Caulle se ocupa de la buena gente, mitad porteños mitad mapuches. Fumo mientras camino al norte.

Volva, Thenia, Acustic, Volva, Thenia, Acustic. El público neuquino se agolpa contra las puertas del Teatro de Viento y yo pienso que no voy a poder ingresar, pero me escabullo entre los fans, moviéndome como lo hace un gusano recién sacado de una maceta, hasta lograr entrar al show. Me quedan las marcas de los roces de los piercings  de los fans de Thenia, puro ñu metal, y de las tachas de los fans de Volva. Los de Acustic, con sus cabellos lacios y largos, simplemente se apartan con un signo de extrañeza en la cara. El mundo no logra rozarlos.

El Teatro del Viento tiene buena capacidad, cerveza barata y está muy bien atendido. Gracias por no cobrarme entrada y volveré como Evita. (N del R*)
"¿Venís a ver a Thenia?", le pregunto a un par de chicos mientras Acustic levanta sus cosas del escenario y la mayoría se inclina por una cerveza. Hacen un gesto de negación con sus cabezas y se van para atrás del teatro. Acustic  tocó un par de temas e hizo un cover, me parece de Radiohead. Sí, creo de Radiohead. A quién le interesa: lo que llama la atención de su show y de los que vinieron a verlos tocar fue su maquillaje. Pintados de colores fosforescentes, todos bajo la luz negra, parecían escapados de un video de los Red Hot Chili Peppers de los ochenta, incluida la cantante que a esta altura y bajo el efecto de la cerveza ya me comenzaba a alterar. Hablaba mucho con sus conocidos entre el público entre canción y canción y todos saben que eso genera celos. Tuve que darles la espalda y bajarles el pulgar.

“¿Viniste a ver a Acustic?” Yo sostengo el vaso de cerveza en la mano y el otro se está fumando un porro, con cara de nada, con pelo de rastafarian y con campera bien abrigada. "Bah, no sé yo vine con esos pibes porque había bandas ¿Quiénes son los Acustic? ¿No tocaron ya?", responde. Adentro suena Thenia, con furia, el cantante pega saltitos por el escenario, en pantalones cargo pese al frío increíble que hace afuera. Veo como un par de pingüinos se acicalan mutuamente, no, no creo que eso pase. El baterista no escatima esfuerzo y hace movimientos rítmicos con la cabeza y el bajista lo imita y el guitarrista lo imita y las luces se prenden y se apagan. ¡Cómo suenan! Como si fueran una lima de diez toneladas gastando la punta del Everest. Lo que dice, bah, no se le entiende con la voz lúgubre que imposta. Yo no los veo pero me los imagino con la mitad de la  cerveza ya en el estómago y con menos frío. Unas chicas me miran con cariño, una de ellas tiene un piercing en la nariz y yo pienso en otra mujer.

"¿Vienen a ver a Volva?". Ya voy por el quinto vaso de cerveza cuando me acerco al grupo de gente que ya a esa altura me parecían súper amigables en la noche fría. "¿Quiénes? Volva. ¿Y a qué suena Vulva?". "No, Volva, suenan así pesado fuerte, tipo una mezcla Black Sabbath, ah grrr, suenan muy bien. ¿Quieren cerveza?" "No, gracias, nosotros seguimos a Acustic. Ah, sí, la chica que hablaba con el público y parecía un ganso de Chernobyl".

Vuelvo a entrar al teatro y adentro está sonando Volva. Yo los había saludado en los camerinos, atrás y ya estaban tomando cerveza. Jaramillo, el guitarrista y cantante, es el hermano de un amigo. Es muy grandote y tenía una botella de cerveza en la mano, yo tenía un vaso de cerveza en la mano. Habla menos que Clint Eastwood y te contagia, estás en dos minutos comunicándote sólo con gestos. Ahora está en el escenario por el quinto tema y no se le escucha. “El sonido es malo y afinan muy bajo”, me dice Juan, “por el tipo de música que hacen, un rock duro”. Bien, sí suenan pesado. Nos sentamos en una mesa y también llega otro chico y el rock sigue golpeando una puerta que nadie ha abierto jamás.

Se termina el recital y estamos terminando la noche en Sherlock, un bar del centro de la ciudad en el que algún día va a llover fuego, pero por mientras se ve acariciado por las cenizas de un color que cayó del cielo. Horas después, al otro día, gracias a Dios abro los ojos, pero estoy medio sordo, con dolor de cabeza y con el rock sonándome en el oído izquierdo un poco más que en el derecho, con un largo y pronunciado acople.

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*No me acuerdo si se dice así Nota del Redactor

 

Texto: Héctor Kalamicoy